Pocos tangos reflejan el amor y la pasión en forma tan expresiva como "Gricel", que José María Contursi -Katunga para los amigos-, dedicara al gran amor de su vida: Susana Gricel Viganó.

Gricel nació el 15 de abril de 1920 en el barrio porteño de San Cristóbal. A los pocos años, su padre debió trasladar a la familia a la ciudad cordobesa de Capilla del Monte, para oxigenar los pulmones de su esposa.

No fue fácil la vida de Gricel en Capilla del Monte. Allí se dedicó a colaborar en la estación de servicio Texaco de su padre, hasta que un buen día una carta cortó su monotonía: sus grandes amigas Nelly y Gory Omar la invitaban a pasar unos días en Buenos Aires. Gricel no dudó. Armó sus valijas y tomó el tren que la llevaría a un destino de amor y llanto.

En Buenos Aires, además de pasear por toda Avenida de Mayo, Gricel gustaba de presenciar la actuación de las hermanas Omar en Radio Stentor. Fueron ellas quienes le presentaron a un joven y engominado locutor: José María Contursi; sin sospechar que comenzaba a elaborarse uno de los tangos más sentidos y románticos.

Entre suspiros, Gricel regreso a Capilla del Monte pero ya no era la misma. En ese entonces ganó todos los concursos de belleza que se realizaban en las sierras de Córdoba, pero ningún premio alcanzaba y los suspiros proseguían.

Fue entonces que el destino dio otro golpe: en 1938 acosado por una fiebre intestinal Contursi recibió el clásico consejo médico de aquellos años: los aires de las sierras de Córdoba. Una de las amigas de Gricel le propuso que vaya a la casa de la familia de ésta y él no lo dudó: dejó a su esposa y su hija y se fue a realizar el tratamiento.

El padre de Gricel no pudo impedir el romance entre Gricel y Contursi, y así regresó Katunga a Buenos Aires, luciendo una nueva estrella en su bandera de seductor y tal vez canturreando: "Yo anduve siempre en amores, qué me van a hablar de amor". Pero se equivocó rotundamente. Ignoraba que al poco tiempo clamaría: "¡Qué ganas de llorar en esta tarde gris!"

Al poco tiempo regresó a Capilla del Monte inventando otra fiebre intestinal y fue entonces que se entregó de lleno al desenfreno amoroso que lo impulsó a escribir tantas letras de tango. Finalmente un día tuvo que optar, y como hombre cabal volvió al lado de su esposa pero con el corazón destrozado al igual que Gricel, quien vio partir el tren destruida en sus afectos pero jurando no llorar nunca más.

Desde entonces las cartas que llegaban de Buenos Aires estaban impregnadas de profunda tristeza; las que partían desde Capilla del Monte lo eran con letra firme. Esto fue así hasta que un día, llegó una carta con la letra de "Gricel". Todos comenzaron a llamarla, "Gricel, la del tango" y no hubo concurso de belleza realizado en el Valle de Punilla que no fuese ganado por ella.

Finalmente Gricel se propuso recomponer su vida y en 1949 contrajo matrimonio con Jorge Camba. Tuvieron una hija, Susana Jorgelina. Pero Camba también era afecto a las faldas y la abandonó en uno de sus frecuentes viajes al Chaco.

Un día del año 1962 el célebre bandoneonista cordobés Ciriaco Ortiz llegó con la noticia de la viudez de Contursi y Gricel partió rumbo a Buenos Aires en busca de su amor.

Gricel y Contursi se encontraron 22 años después en la confitería El Molino. Ninguno de los 2 contó cómo saldaron las cuentas que aquel tren había dejado pendientes pero lo cierto es que desde esas vacaciones del ’62 Gricel viajó tan seguido como pudo a Buenos Aires hasta que juntos se mudaron a Capilla del Monte.

El 16 de agosto de 1967 Gricel, de 47 años, y Contursi, de 56, se unieron en matrimonio por fin. Unión que duró cuatro años y nueve meses hasta que el 11 de mayo de 1972 Contursi abandonó el tango y este mundo.

Gricel permaneció junto a él durante los 5 meses de su agonía. Pero el último día tuvo que pedirle al novio de su hija que se quedara junto al poeta. Sabía que no habría otra forma de cumplir con su promesa de no volver a llorar.

 

 

Letra: José Maria Contursi
Música: Mariano Mores
Año: 1942

No debí pensar jamás
en lograr tu corazón,
y sin embargo te busqué
hasta que te encontré
y con mis besos te aturdí
sin importarme que eras buena.
tu ilusión fue de cristal:
se rompió cuando partí,
pues nunca, nunca más volví...
¡Qué amarga fue tu pena!
-No te olvides de mí,
de tu Gricel,
me dijiste al besar
el Cristo aquel;
y hoy que vivo enloquecido
porque no te olvidé,
ni te acuerdas de mí,
Gricel... ¡Gricel...!
Me faltó después tu voz
y el calor de tu mirar,
y como un loco te busqué,
pero ya nunca te encontré
y en otros besos me aturdí.
Mi vida toda fue un engaño...
¿Qué será, Gricel, de mí...?
Se cumplió la ley de Dios,
porque sus culpas ya pagó
quien te hizo tanto daño.

 

 
 
 
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